GALERÍA GURRIARÁN

 

Puntos de fuga

 

El título de esta doble individual que presenta la galería Luis Gurriarán me recuerda el clásico La Perspectiva como forma simbólica, ensayo en que Panofsky defiende que artista es quien filosofa con imágenes mediante las cuales hace avanzar el conocimiento de su tiempo. Las dos autoras de esta bella exposición son estetas: plantean reflexiones sobre la identidad personal, sobre el yo individual en clave de conflicto; conflicto del individuo que vive de espaldas a la naturaleza, y el individuo que se aleja de Dios, que malvive sin Él. Sus propuestas intentan dar respuesta desde la vuelta al mundo natural y a la trascendencia. En ambas hay, por lo tanto, un fondo platónico (suponen la existencia de unas ideas suprasensibles y eternas) y un poso kantiano (dan por hecho que la bondad, en forma de comunicación con los demás o como anhelo de Dios, es un fin perseguido por todas las personas, que la bondad es primigenia).

 

Otro rasgo común de Almudena y Curra es que el análisis del yo, la individualidad, dimensiona su obra, no desde un yo autobiográfico, sino desde un yo universal. La identidad personal aparece en ambas si no amenazada, si cuestionada, en precario; o mejor, siendo optimistas, el yo en ambas está en proceso, cambiando, construyéndose. Almudena observa a los otros que desde una perspectiva distanciada, le devuelven un reflejo de si misma más nítido y curiosamente en ese proceso contemplativo, descubre el germen del vínculo. Para Curra el yo tiene una profundidad interior que se enfrenta a un exterior extraño. La oscuridad y la luz de la tradición patrística se combinan con la anterior metáfora. La luz es anhelo de Dios, el propio Dios y se confunde con la construcción del propio yo.

 

Para ambas artistas el proceso de pintura revela y construye la identidad. En ese proceso artístico y constructor del yo hay un latido de predestinación, de destino ineludible, ajeno a la propia voluntad de la persona que se construye en estos autorretratos a partir de los puntos y mallas de luz de Curra o a partir de otras personas, bellas a los ojos de la autora.

 

La indagación plástica sobre el interior de la persona se viste de providencia en el caso de Curra y de química del cerebro en el caso de Almudena. El azar que guía las tramas luminosas, el destino que hace que ciertas casualidades y repeticiones se incorporen a ese cosmos interior y personal, es la presencia de Dios en el interior de quien vive y construye en una oscuridad (entendida a veces como tinieblas disolventes, y otras como sombra alentadora de la libertad y del conocimiento humano). Aunque Curra habla de indeterminación y capricho en sus hermosas redes de luz, ella confía en una guía sobrenatural que coincide, afortunadamente,  más con la católica Providencia que con la protestante Predestinación. Confía en la intervención directa de la divinidad en sus nubes de estrellas, hay un latido de Dios en esos ritmos cósmicos, un diálogo callado con el Cielo en esos cielos brillantes. No es que esas estructuras estrelladas estén allí desde el principio y que la artista reproduzca el camino predestinado, sino que hay un diálogo místico cuya transcripción es esta bella caligrafía de estrellas, esta aura reverberante que estalla en las redes para dar más presencia.

 

Almudena estudia el entorno que rodea al yo, el misterio de la identidad, buscando en nuestra propia naturaleza, condicionada y limitada, los códigos, las normas que mantienen el equilibrio químico y emocional, amenazado a veces por esa desconexión con la naturaleza, naturaleza entendida como ecosistema indisoluble al que ingenuamente hemos menospreciado. Es el propio pensamiento del yo que se expande y expulsa al el contacto con los demás.

En esta hermosa serie los pensamientos “interiores” (esa metáfora de la interioridad como identidad tan querida para nuestras dos autoras) ocupan todo el exterior. La mirada del yo se vuelca hacia ese universo interior más oscuro, denso y profundo que la trivialidad confusa del mundo sensible. En ese proceso de mirada interior, la figura de Almudena se representa en blanco y negro y los pensamientos en vivos colores, en gamas de gran belleza, en arabescos que enlazan de manera compleja y sorprende unas imágenes interiores y centelleantes, como unidades de pensamiento en una poética que por su sintaxis puede recordarnos la estética surrealista. La figura parece una escultura y el pensamiento el paisaje más hermoso. Al dibujar la figura en grises el espectador percibe a las figuras retratadas como esculturas, como si Lot se hubiera convertido en estatua no por mirar atrás, sino por mirar dentro de sí.

 

Estamos ante dos miradas al interior desde la belleza, dos puntos de vista que convergen en el infinito, un infinito sacro en el caso de Curra y un infinito en el retrato de la individualidad y la naturaleza en caso de Almudena.

 

Luis Mayo

Docente UCM, artista, escritor, comisario, y ex vicedecano de la facultad de BBAA.