GALERÍA GURRIARÁN

JORGE FIN

Fugas

 

En 2009 se inauguró The High Line, un jardín de casi tres kilómetros sobre los pasos elevados de un tren urbano en desuso, en el sur de Manhattan. La vegetación introducida por Piet Oudolf, su creador, consistió en plantas auto regenerativas, arbustos y flores silvestres que no necesitan mantenimiento. Lo que siempre hemos llamado malas hierbas. Me gusta mucho el jardín por lo que tiene de rehabilitación de la maleza, que surge con la misma dignidad que otros grupos ninguneados por El Gran Todo. El reconocimiento de los derechos de grupos marginados es lo más hermoso que ha hecho la humanidad en el último siglo, ya sean mujeres, migrantes o grandes simios.  Me es muy querida, en todo caso, esta reivindicación de lo salvaje, aunque sea esta pequeñez vegetal. Soy un declarado entusiasta del solar, un enamorado del descampado. Una parcela abandonada a su suerte y protegida por su fealdad, es lo más parecido que hay a la jungla en miles de kilómetros a la redonda. Como dice Gilles Clement en El tercer Paisaje (2004), un libro dedicado a esta naturaleza de suburbio, es allí donde aflora un sistema biológico auténticamente libre. Es un territorio interesante y así lo entendió, por ejemplo, Lara Almárcegui que realizó Mapa de descampados de Ámsterdam en 1999.

Pensándolo ahora, se me ocurre que este jardín en voladizo es también una metáfora del cambio de sensibilidad de nuestra sociedad, que exagerando mucho, ha pasado de querer protegerse de la naturaleza a querer protegerse de la industria. Por eso quitan las vías y ponen lo que solía estar entre ellas ¡Cuánto hemos tenido que destruir para saber lo que había que conservar!

La pintura de paisaje, en la tradición occidental, remite a escenarios amplios, orográficos, aunque consiente tómas más cercanas, de la escala del jardín o la arboleda. Pero el suelo y las hierbas no han merecido nunca su atención, salvo como plano en que asentar el resto. Aun así, esos suelos son tan notables como el prado de la Anunciación de Fra Angélico o el de la Primavera de Botticelli. Excepcionalmente, con su ojo omnívoro, Durero vio y pintó Gran mata de hierba en 1503. Jorge fin conoce bien todos estos cuadros, y otros de Van Gogh, Andrew Weyth y Lucien Freud, también protagonizados por la maleza (yo añadiría algunos de Joaquín Risueño y Juan Carlos Savater, entre sus coetáneos).  Pero por lo general, la mirada occidental es horizontal y a larga distancia. Veamos, por ejemplo, ese cuadro ávido de espacio que es El meandro (1836), de Thomas Cole. En la escena panorámica (dos metros de ancho por uno y medio de alto), apenas se ve, diminuto y emboscado, al pintor. Está hundido entre los matorrales, pero no mirará en derredor, su ojo es el del águila, que abarca cientos de kilómetros cuadrados. Como señalé, muy distinta es la actitud del arte en Oriente. En El jardín de las semillas de mostaza, escrito por Li Yu en 1679 y considerado el primer manual de pintura publicado en China, la Parte III está dedicada a la pintura de hierbas, insectos y plantas con flores. Y ya conocemos esas grandes sedas dedicados a una sola rama o a una mata de carrizo.

El naturalista David George Haskell, que había dedicado un año a observar nada más que un círculo de metro y medio de diámetro de suelo, escribe en ese libro asombroso que es En un metro de bosque (2012): "Puede que la verdad del bosque se nos revele con más claridad y viveza a través de la contemplación de un pequeño espacio de lo que lo haría si nos calzáramos botas de siete leguas…".

En 1973 se publicó Lo pequeño es hermoso, del economista E. F. Schumacher (atención al subtítulo: Economía como si la gente importara). Resumen en una línea: la felicidad llega con lo suficiente y toda adquisición ulterior es peor para ti. Entendido. Pues bien, esta fecha, por poner una, podría situar el cambio de rasante en la sensibilidad que he mencionado antes. Lo grande, lo permanente, lo material (ya se trate de bienes producidos o de aspiraciones colectivas) cede su puesto a lo transitorio, lo blando, lo desmaterializado.

Jorge Fin es un raro y maravilloso pintor de paisaje. En contra de lo antedicho, él sí que mira al cielo y al suelo. De hecho, ha pintado profusamente nubes.  También pintó icebergs, el simétrico opuesto de las nubes. Y ahora hierbas y matorrales, ramas y hojas. Lo característico de sus paisajes rasantes, de vegetación variada o monótona, es la felicidad que irradian, la plenitud que contienen en su fragilidad. Me recuerdan a un poema infantil: "Menta, helecho y ortiga / la selva de la hormiga". Por su parte, el cuadro de la cúpula arbórea, nos invita al ascenso, a escapar hacia el cielo transparente (es el claro del bosque, pero en las copas). La presencia de personas o pájaros constituyen un contrapunto cromático y erudito y, seguramente, una asociación biográfica sobre la que no es preciso indagar.

Estos frondosos cuadros de Jorge Fin podrían calificarse con la etiqueta de "pintorescos". Lo pintoresco se encuentra situado entre lo bello y lo sublime. Carece de las características físicas de ambos, pero aun así es una parte de la naturaleza que merece ser pintada. William Gilpin, el inventor del término "belleza pintoresca", declaraba en 1782 que sus cualidades eran lo rugoso, lo hirsuto y lo tosco. Pero nos equivocamos si pensamos que se busca lo pintoresco por puro afán de extravagancia y como rebeldía ante la regularidad clásica. Heinrich Wölfflin, a principios de siglo XX, lo explicaba con un ejemplo: "Los sombreros y las botas recién salidos de la tienda son antipintorescos. Les falta la vida bullente y rica de la forma…". La vida deforma, desordena, es descuidada y manirrota, aunque tenaz y enamorada del detalle. Así pues, lo pintoresco es lo manifiestamente sometido al tiempo y a las imperfecciones e imprevistos de la existencia. Parece que es una categoría estética muy acorde con nuestra época, que nos ha enfrentado de forma ineludible con nuestros propios límites y nos ha hecho ver lo precioso que hay en lo trivial. Y la belleza deslumbrante que hay en lo simplemente (¿¡!?) vivo.

José María Parreño

Segovia, abril 2024