GALERÍA GURRIARÁN


 

JUAN HIGUERAS

 

Cuando la pintura se halla, como en nuestros tiempos, en un impasse de manierismo, de diseño, de ingenio espectacular, se la ve como al borde de la extinción. ¿Qué importa esa pintura - muy bien,  demasiado bien hecha por cierto – cuando el cine, la electrónica y toda clase de técnicas reproducen imágenes  plásticas  de la mayor contundencia expresiva?. La propia abstracción fue su anuncio, su premonición, pero llegados al punto de hoy, la pintura no puede continuar pretendiendo siempre representar  “lo no repetido”, porque lo no repetido se acaba pronto. Para ser pintor nuevo no hay otro remedio que volver a ser pintor primitivo, sin acordarse en modo alguno de que los primitivos se pueden recopiar, porque no es eso lo que se busca, sino algo más que no surge ni mucho menos de un remedo. Sólo hay que hacer que la vieja semilla vuelva a fructificar. No se acaban los pintores porque se acabe la pintura que está de moda. Ésta es la que acaba con ellos si no se saben retirar de ese precipicio de impotencia impuesta.

 

En esta exposición de Juan Higueras no hay nada que me parezca consabido y convencional, “aunque sepa pintar”. La libertad con que se enfrenta al lienzo demuestra un equilibrio formal ante el modelo o ante la imagen ideal que persigue. No tiene la pretensión de parecer un  psicópata que pinta para vender su psicopatía como una curiosidad, “a ver si luego resulta ser un genio”, porque así lo declare la autoridad mercantil. Es sólo y nada más que un artista refinado que pinta y esto si que en nuestros tiempos es algo precioso. Esta pintura de Juan Higueras no va por los cauces consagrados, que son los más fáciles de seguir. Va con el gran vigor de la inocencia descubriendo el mundo, sin molestas pantallas teóricas y formalistas que se lo impidan. Yo lo miro – y como a él a otros muchos que siguen esa libre vía – como u niño que nace con sus mejores atributos en una granja donde no se producen más que monstruos, corderos de cinco patas y terneros de dos cabezas. Si alguien me reconcilia con mucha pintura de estos tiempos son estos “nuevos inocentes” capaces de vencer a toda la malicia económica y la falsa filosofía  del arte que la contaminan. Porque más inocencia y simplicidad demuestra en concepto de un arte basado siempre en “la modernidad” como fuente de originalidad y de sorpresa sin medida, cuando en verdad es la totalidad del arte lo que hay que expresar. El universo puede cambiar, pero no podemos decir que el universo se moderniza. La buena pintura es siempre moderna y los más jóvenes lo entienden así, con la más elegante y la más  luminosa de las modestias.

 

Por eso los cuadros de Juan Higueras, además de profundos, son profundamente agradables, reflexivos, plenos de un amor por el mundo, ventana abierta a las imágenes físicas, humana reacción de los sentidos aceptantes; pintura sensual y pacífica, pero no exenta de problemas y dificultades plásticos, que hacen sin embargo sencillo lo difícil. Son como ventanas  otra vez abiertas a una vida húmeda y aireada, hermosamente resumida en nieblas y celajes, en hojas tiernas o podridas, llenas de una actividad germinal y reproductora, llenas de guiños, rumores y matices; en luces cambiantes que determinan muy diferentes estados de espíritu. Pintura que hace ver  y hace soñar al mismo tiempo, evocadora sin oratoria de ningún tipo, sin literatura, pero sin miedo al sentimiento de la naturaleza y a los misterios de la percepción humana atravesada de psiquismo.

 

Francisco Nieva