GALERÍA GURRIARÁN

 

Pintura y atención

 

En nuestro tiempo, las imágenes se crean, se transmiten y se consumen a una velocidad que tiende a infinito. Todas compiten por lo que sólo nosotros podemos concederles, que son nuestras posesiones más preciosas: tiempo y atención. Su objetivo es poner uno y otra a su servicio para explotarlos con ahínco, pues se trata de un suelo extraordinariamente fértil. La publicidad lo labra para obtener dinero. La política, para lograr adhesiones. La información, para conseguir opinión.

 

Sólo el arte reclama nuestro tiempo y nuestra atención para, siguiendo con la metáfora, abonar esa tierra y conservarla baldía. Y que surja allí la silvestre, imprevisible e inútil vegetación vernácula. Eso sí, y valga el dato por lo que valga, aunque según un estudio de 2016, el tiempo medio que un visitante pasa contemplando un cuadro en un museo es de 28,6 segundos.

 

Y es que todos caminamos bajo una lluvia tupida de imágenes. Nos hemos o nos han convertido en adictos a ellas. Las consumimos con ansia. Ante semejante empacho visual, tendríamos que ponernos a dieta. Una dieta blanda. En este caso, blanca.

 

La exploración de la pintura ártica fue una gesta comparable a la de los Polos. Con idénticos casos de incomprensión y heroísmo. Desde su descubridor, el alucinado Kazimir Malevich, que con su Cuadrado blanco sobre fondo blanco (1918) descorazonó a sus seguidores al prometerles un futuro sin nada, a Yves Klein, pintando obstinadamente en 1957 monocromos de blanco aspirina, a Robert Ryman, que después de ser durante una década vigilante de sala en el MOMA, decidió que no quería pintar nada más que trabajados cuadros blancos, en los que el tema es la pincelada.

 

Sin embargo, Juan Carlos Lázaro no busca la pureza ascética de esos espacios. Utiliza el blanco para desvelar la soledad concreta de las cosas. La gran soledad que rodea cada objeto. Y en la que parece que late su eco, su reverberación. Algo que no está. Que no está ya. O no está todavía. (Vuelvo a lo ya escrito: para velar, desvelar y revelar la soledad de las cosas).

 

Para eso, pinta frutas o tazas que vislumbramos apenas, anegadas por la gran marea de lo invisible, que las deja pidiendo auxilio a nuestros ojos para salvarlas de su desaparición. Cézanne decía algo así como que había que pintar deprisa porque el mundo está a punto de desvanecerse. Entonces, si llegamos a este punto, lo visible adquiere la belleza trágica de lo que va a morir. Porque todo es fugaz, porque todos regresamos al olvido, hoy somos parte de la gran hermandad de lo existente y a todo cuanto es le debemos el homenaje de nuestra mirada.

 

Quizás pensaba algo parecido María Zambrano, cuando escribió: “Nada de lo real debe ser humillado”. Chardin en siglo XVIII, Morandi y Cristino de Vera en el XX, Chema Peralta en el XXI y el propio Juan Carlos Lázaro, pintaron o pintan con esa consigna. Cuadros en los que no hay más que un cestillo de fresas, unas botellas apretadas, un par de velas, un pueblo en el horizonte que no es más que una tira de tejados. Todo eso que vive de sí y no nos necesita, pero cuya contemplación les dignifica y a nosotros nos engrandece.

 

Dice el filósofo germano coreano Byung-Chul-Han que la belleza actual prefiere los objetos netos e impecables, de superficies lisas, pulidas y brillantes. Cuerpos, coches, cocinas y teléfonos móviles se ajustan a ese canon. La propia visión es igualmente diáfana. La alta definición de las imágenes es imprescindible para apreciar estas cualidades.

 

Lázaro, frente al recurso de la hiper visibilidad, ofrece lo latente. Frente a lo extraordinario, lo común. Frente a lo múltiple, lo solo. Frente a la imagen avasalladora, otra que debemos escrutar. Pinta cuadros en los que se ve poco, para que veamos más. Del mismo modo que en las estancias de James Turrell entras a oscuras y sólo cuando los ojos se han acostumbrado comienzas a vislumbrar una forma luminosa.

 

Sus cuadros no se agotan en un vistazo. Sólo si les entregamos tiempo y atención, vemos al cabo la acidez del amarillo, tintineando en la nada como suena una moneda sobre el mármol. Vislumbramos el borde dorado de una sopera como aquella otra -dónde estará- que se guarda desvaída en un recuerdo.

 

Como contrapunto a la promocionada HD de las pantallas, la pintura como dispositivo de Alta Indefinición.

 

Así es la de Lázaro. Pero en ella sucede como en el haiku de Issa:

 

Sobre la nieve

la garza erguida,

más blanca.

 

 

José María Parreño

Segovia, octubre de 2018